Cuando nos conocimos, nuestras miradas se cruzaron y sincronizamos instantáneamente. Comenzó a desbordarnos la pasión, nuestras bocas se buscaban, nos quisimos, nos amamos y estar juntos era disfrutar y disfrutar. Por el simple hecho de compartir cualquier acción juntos.

Pero las palabras se metieron en el medio, llegó el desengaño, las heridas se sucedieron una tras otra, el llanto inundó la cotidianeidad y se desestabilizó la situación, como un edificio destrozado por un terremoto.

Antes, me habías dicho que nuestra unión era para siempre, porque lo que teníamos en común y lo bien que nos llevábamos no tenía nada que ver con que estuviéramos juntos o no. Amigos para siempre…

Y ayer hablamos por teléfono, después de no sé cuánto tiempo. Fue tan extraño… Me dijiste que habías meditado y que me querías pedir perdón por lo que me hiciste, que no me habías llamado porque no encontrabas las palabras justas, que casi me mandás un mail pero no…

Pedir perdón y disculpar no son cosas menores. Si, aprecio el gesto. Creo que vale más una disculpa después de tiempo, que nunca disculparse. Pero no sé si estoy preparada para pensarte como un amigo para siempre.

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