En ese momento de la infancia en el que te empezás a preguntar acerca de la existencia de Dios y demás, mis padres me plantearon la cosa onda “hay gente que piensa esto, gente que piensa lo otro, gente que piensa lo de más allá y nosotros pensamos esto; vos decidí lo que quieras”. Muy políticamente correcto todo… pero obviamente, cuando uno tiene cinco o seis años, eso no dice mucho, así que lo que hice fue ir directamente a la fuente: hablé con Dios. O por lo menos así lo creía.

Me sentaba en la ventana de mi pieza y, mirando hacia el cielo, le preguntaba cosas, me quejaba de mis problemas o simplemente contaba cómo me sentía o qué me pasaba. No me duró mucho. Cuando me hice más grande y ya con más elementos para discernir lo que quería, me aferré al ateismo fervientemente.

Muchas veces he tenido discusiones religiosas de todo tipo. Gente creyente que te quiere convertir a su religión, gente que no comprende cómo podés vivir sin creer en nada, gente que dice “Bueno, ya te llegará”… la cuestión es que, al día de hoy, no llega.

Pero hay otra cosa… algo que capaz siempre estuvo ahí y no le presté atención. Algo que hace un tiempo, hablando con alguien, me hizo pensar. ¿Por qué negarlo? Lo que esta persona me decía tiene sentido. Estábamos hablando de viajar y yo le contaba por donde anduve: Norte argentino, Machu Picchu, Jerusalem, El Cairo, Petra, entre otros. Ni hablar de los lugares a los que quiero ir: Sudeste asiático, Tibet, India, México.

 “Tratándose de alguien que supuestamente no cree en nada, estuviste en los lugares más místicos que puede haber… ¿qué estás buscando?”. Innegablemente, hay algo cierto ahí. Y es cierto que estando allá lo sentí. Lo místico, lo espiritual, la energía. Creo que aún se está gestando en mí, pero está presente. Y estar tirándome más hacia lo artístico creo que también tiene que ver, alimentar mi alma, nutrirme. Además, “casualmente” he estado leyendo y buscando información sobre budismo e hinduismo. Y me enamoré de un mantra. 😛

Anuncios