Yo no quiero ojos anestesiados, ojos que no ven, que se esconden de la realidad circundante.

Cuando era más chica no veía, o no me daba cuenta, o será que me protegían los adultos. Pero entonces, ahora que la adulta soy yo (supongo que en otro momento tendré que escribir acerca de esto, porque es una frase que me hace ruido) y mis ojos están anestesiados, me parece que, aunque no quiera tenerlos de ese modo, lo hago para autoprotegerme.

Caminar por la calle me cuesta; no es fácil salir todos los días a la realidad. Una realidad que lastima, que se vuelve cada vez más triste y que cuesta ver sin anestesia. También me pasa que los ojos se acostumbran a ver cómo, de a poco, la realidad, mi país, el mundo se desintegran. Y entonces la anestesia se vuelve necesaria para poder seguir adelante.

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